Nada había cambiado demasiado, y no existían por lo tanto motivos razonables para esperar que esa fría mañana del 1º de Junio, un buen anuncio rompiera la cronología de lamentables sucesos que, desde principio de año informaba la página electrónica de su querido “Pelle”.
La noticia rezaba: “Informamos a los Docentes de la Escuela que se encuentra abierta la inscripción a los cursos del Programa virtual de Formación Docente del Centro de Innovación en Tecnología y Pedagogía (CITEP) de la UBA "Las nuevas tecnologías en la formación y las prácticas docentes”. Mas información sobre la oferta de cursos, fechas de inscripción y duración de los mismos, pueden consultarse en el archivo adjunto”.
La propuesta parecía interesante. Tal vez este, y los demás cursos posteriores que se ofrecían, fueran el estímulo e impulso necesarios para abrir la puerta a un mundo al que ya no podía permanecer ajeno, pensó.
Creía en la capacitación permanente del docente. La revolución digital había comenzado, y no bastaba ya con la fascinación intelectual que provocaba el análisis y el debate sociológico de la nueva cultura que estaba naciendo a partir de ella. Era hora de pasar a la acción y pertrecharse al menos con todas las herramientas que estuvieran a su alcance.
La idea estaba en él desde hacía muchos años. Aún recordaba el asombro - y el deseo de poner en práctica aquello con sus alumnos - que le había provocado, más de una década atrás, ver en pantalla y en interacción algunas obras intelectuales de su autoría, solicitadas por UbaNet (¿tal vez un remoto antecedente del Citep?) bajo la dirección de Edith Litwin, en el marco de cursos de educación a distancia.
Años después, un egresado que había sido su alumno lo había sorprendido poniendo a su disposición una página con su nombre, que ese alumno le había creado.
El pasado año incluso, se habían realizado en su escuela unas jornadas de capacitación sobre wikis y blogs. Y hasta había creado su propio blog!
Pero la página electrónica estaba vacía, y el blog apenas si tenía un título. El nuevo curso, ofrecía entonces la posibilidad de cruzar de una vez aquella frontera.
La falta de tiempo (son fascinantes los disfraces que adopta a veces el inconciente para ocultar su cautela frente a lo desconocido) no le permitió inscribirse sino hasta el último día y casi a última hora. Se aproximaba un fin de semana largo, y esperó despreocupado al martes de la semana siguiente, día en que comenzó formalmente el curso.
Una de las primeras tareas encomendadas fue la creación de un blog y la de darle contenido.
Recurrió a aquél viejo blog y fácilmente descubrió la manera de crear una entrada; su primera entrada.
¿Qué decir? ¿Qué escribir en esa página vacía que lo enfrentaba desafiante a través de la pantalla?
Tomó aire, posó sus manos sobre el teclado y comenzó a escribir…
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